El crisis de civilización y el drama ecológico
Entrevista con José Martin Gonzales


En 1993, el catedrático peruano José Marín González estuvo de paso por Suecia. Viajó hasta estos lares para dictar
conferencias en las Universidades de Estocolmo y Uppsala y para cumplir con una serie de actividades programadas
por el "Latinamerikaseminariet" de esta ciudad.
Marín González enseña en la Universidad de Ginebra, Suiza, y participa en el proyecto de Gestión sobre el Medio Ambiente de la Academia Internacional de Ecología de Ginebra. La Hoja Latinoamericana logró entrevistarse con él y conversar sobre uno de los temas que más le apasiona: el problema ecológico.



El peligro de la autodestrucción



-¿Existe el peligro real de que el mundo pueda autodestruirse?

-Hay un nivel de información que manejan los técnicos sobre lo que denominan "capacidad de carga".
Según estos estudios, el agua sería uno de los recursos ya difíciles de obtener.
Del cien por ciento de agua existente, incluyendo las reservas todavía por explorar del Artico y del Antártico,
sólo sería utilizable el dos por ciento.
En este contexto, las próximas guerras serían provocadas por el agua. No olvidemos que el agua es una de
las razones principales de la ocupación del río Jordán por Israel y uno de los puntos más difíciles para llegar
a una negociación con los países árabes que han perdido territorios.
Sin el agua del río Jordán, la floreciente agricultura de exportación de Israel estaría en serios problemas.
También existe información sobre el hecho de que cada auto reproduce al año el equivalente a su peso en
tóxicos completamente peligrosos para el sistema en que habitamos. De por sí, esto ya es un tremendo
problema en los Estados Unidos de Norteamérica, donde hay más de 570 autos por cada mil personas.
Si otros países como China Popular, en los que hay un auto sobre mil, se aferran al mito del consumismo y
siguen el patrón estadounidense, ingresamos a una situación difícil de sostener: se cuadruplicaría la
cantidad de autos existentes en la tierra y también se cuadruplicaría la expulsión de tóxicos nocivos para el
planeta.


-¿Cree que los políticos de Occidente se preocupan realmente por los problemas ecológicos?

-Muchos de los intermediarios políticos que han llegado al poder y administran algunos de los Estados de
Occidente, lo han hecho a partir del financiamiento que mayormente fueron aportados por empresas
privadas que casi siempre se caracterizan por estar comprometidas con tecnologías inadecuadas y poseer
conceptos bastante inescrupulosos de acumular ganancias. Esta situación explica, por ejemplo, lo que ha
ocurrido con el informe sobre la lluvia ácida y la destrucción de los bosques europeos. Este informe
realmente no ha sido difundido a profundidad porque muchos políticos europeos consideraban que ello
podía originar que la población entre en una suerte de pánico. Es por eso que tengo el sentimiento de que la
población civil está secuestrada por un puñado de políticos corruptos que sirven a industriales, financistas y
especuladores que no tienen otra ley, otra ética, que acumular dinero.

Las transnacionales y el problema ecológico



-¿Podría decirse que algunas empresas transnacionales son las responsables directas de los problemas ecológicos que confronta la humanidad?

-Esto es así porque estas empresas desarrollan una industria y una tecnología concebidas a partir de una
ausencia total de la importancia de los recursos no renovables. En todo lo que es la filosofía o la cosmogonía
de estas empresas, la naturaleza siempre ha estado completamente ausente. Nunca se
imaginaron lo que era desarrollar un proceso económico sin tomar en consideración la duración posible de
los recursos renovables.


-¿Puedes dar algunos ejemplos concretos de cómo estas empresas transnacionales dañan la
ecología del mundo?

-El ejemplo más flagrante, más apocalíptico, se relaciona con la expulsión de una serie de sustancias
químicas a la atmósfera que destruyen paulatinamente la capa de ozono. Quienes producen esas sustancias
químicas están técnicamente detectados. Incluso se podría nombrar, sin ningún problema, porque ya es un
hecho público, el caso de la empresa multinacional Dupont de Neumours, que produce una serie de
sustancias tóxicas que vienen destrozando la capa de ozono. Los que administran esta empresa saben que
se encuentran ante un gran problema, pero están atrapados por la lógica de la acumulación del capital y, al
igual que el gobierno de los Estados Unidos, se hallan secuestrados por el famoso mito del progreso, del
confort, del consumo, y por una manera de vivir completamente destructiva que comporta, a la larga, una
vocación suicida. Afirman estar conscientes del grave daño que le hacen al sistema planetario, pero, al
mismo tiempo, se aferran a sus mezquindades de realizar hasta la última ganancia que habían previsto.
Se trata de una suerte de narcisismo que reconoce el peligro pero asume la catástrofe.


-¿Ese sería el temperamento de todas las empresas multinacionales?

-No se puede generalizar. Yo pienso que todos tenemos la obligación permanente de relativizar.
En el caso de la Cumbre de Río de Janeiro, encontramos a una empresa multinacional suiza, la Fundación
Schmidheany, que incluso se mostró interesada en financiar la participación de delegaciones alternativas.
Esto fue la demostración de una clara voluntad de hacer mejor las cosas o insistir seguramente en el
funcionamiento de tecnologías alternativas.
Lamentablemente, una golondrina no hace el verano, pero, por lo menos, ya es una toma de consciencia,
aun cuando pueda argumentarse que esto se hace por pura publicidad.
Otro caso que se puede citar es el de Hjayek, el diseñador del famoso reloj suizo Swatch, quien ha señalado
públicamente que no se puede seguir concibiendo la tecnología dentro de una concepción completamente
antiecológica y destructiva.
Incluso, él ha planteado la posible creación del Swatch-móvil, que sería un auto que no destrozaría el sistema
planetario en que vivimos.

La prédica ecologista



-¿Crees que en Europa ya existe un terreno fértil para la prédica de los movimientos ecologistas?

-En Europa hay, evidentemente, una toma masiva de consciencia sobre el problema ecológico, pero, al mismo tiempo, existen esas prácticas tradicionales perversas de la recuperación política, que busca adaptar el mensaje en términos de manipulación política. De esa situación escapan, indudablemente, una serie de iniciativas bastante honestas y transparentes, como la de Green Peace y otros movimientos ecologistas, que plantean la construcción de una sociedad alternativa que llegue a comprender que la crisis que padece la sociedad industrial en su conjunto, y que hace sufrir al resto de los países pobres de la tierra, no es una crisis tecnológica, sino una crisis de civilización. Esto es así porque lo que está en crisis es el modelo de una sociedad, el modelo económico que ha producido una tecnología y ha concebido una ciencia, y la misma manera en cómo vivimos.


-¿Existen estudios que planteen alternativas frente al problema del agujero de la capa de ozono, el sobrecalentamiento de la tierra o el asunto de la perdida de biodiversidad?

-Lo que existen son proposiciones teóricas, pero no hay proyectos que garanticen respuestas posibles, claras y precisas sobre esta problemática. Esto tiene mucho que ver con el hecho de que las concepciones de la ciencia que tenemos al frente se encuentran profundamente heridas de muerte, en la medida que se desarrollaron sobre una realidad en la que los sistemas ecológicos se encontraban ausentes y el elemento fundamental era el espacio. Fue así como se hizo ciencia, medicina, biología, pedagogía o filosofía al margen de la realidad en que vivimos. De ahí que esta crisis de civilización sea también la crisis de las verdades universales que nos impuso el colonialismo y el postcolonialismo. Una de esas verdades universales es el famoso mito de la modernidad, que fabricó una serie de oposiciones falsas e innecesarias, como aquellas que enfrentaban a la tradición con la modernidad, a la cultura oral con la cultura escrita, y al saber cotidiano de los pueblos con el saber institucional o dominante.


-¿Consideras que esta crisis de civilización viene contribuyendo a la revalorización de los elementos culturales de aquellas sociedades que hasta ahora son vistas como tradicionales o arcaicas?

-Yo pienso que sí, aún cuando las consecuencias catastróficas del colonialismo mental todavía son catedrales del saber oficial o institucional. Todavía queremos ver las realidades de nuestros pueblos a partir de escuelas teóricas que se hallan a quince mil kilómetros de distancia o encerrar nuestra vida cotidiana en camisas de fuerza concebidas para otras situaciones. Sin negar el valor de la reflexión teórica o metodológica que puedan tener esas corrientes, se hace necesario pensar con cabeza propia, a partir de nuestras propias realidades. Asistir a la muerte de las verdades universales es también asistir a la muerte del colonialismo mental que tanto daño nos ha hecho. Felizmente, los países pobres no han tenido la cantidad suficiente de capitales como para destruir la naturaleza en la misma medida que lo han hecho los países industriales. De ahí que podamos partir de lo que nosotros somos, con nuestras posibilidades y limitaciones, recuperando en lo posible todo lo que ha sido el saber tradicional, el conocimiento de nuestras realidades ecológicas, para así reconciliar el contexto ecológico con el contexto cultural y rescatar, además, lo que se llama la espiritualidad. Hay que rescatar esas fuerzas que son la pasión, la ilusión, y perderle el miedo a las utopías. porque también son energías que nos permiten guardar un margen de dignidad en la vida económica.





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