Gabriel García Márquez y la nostalgia del exilio
por Carlos Arroyo Reyes

Las increíbles historias que Gabriel García Márquez (Aracataca, 1928) relata en sus Doce cuentos
peregrinos
(1992) cumplen, unas más que otras, con aquella condición que, según los entendidos en estos
raros menesteres, es el requisito número uno de los buenos cuentos de ayer y de siempre: fascinar para
interesar. Así lo demuestra una rápida lectura de este singular libro de cuentos.


Más que historias

Doce cuentos peregrinos abre con el relato "Buen viaje, señor presidente", la historia de un presidente caribe
derrocado que llega hasta Ginebra, con sus 73 años a cuestas, en pos de una operación que lo aleje de la muerte,
conoce allí a una pareja sin par integrada por Homero Rey de la Casa y Lázara Davis, y dos años después de la inútil
intervención vuelve a aquello que había prometido dejar para siempre: la lucha por recobrar la presidencia. Sigue
después el cuento "La Santa", el relato de las peripecias del colombiano Margarito Duarte y su lucha de más de
veintidos años por la casi imposible beatificación del cadáver incorrupto de su hija en Roma. El otro cuento es "El
avión de la bella durmiente", una especie de canto al placer de contemplar a una hermosa mujer en los brazos de
Morfeo en la versión caribe de la celebrada La casa de las bellas dumientes de Yasunari Kawabata.

El cuarto relato se titula "Me alquilo para soñar", la sorprendente historia de una vidente colombiana, conocida como
"Frau Frida", que fallece en medio de una marejada en las inmediaciones del Habana Riviera, después de sobrevivir
varios lustros en Viena gracias a sus virtudes premonitorias. Sigue después el cuento "Sólo vine a hablar por
teléfono", la kafkiana peripecia que confronta la joven mexicana María de la Luz Cervantes cuando es confinada por
error en un manicomio de los Monegros, España, y hasta su marido -un prestidigitador de marras- cree que ella está
loca. El otro relato es "Espantos de agosto", la historia gótica del castillo renacentista que en Arezzo, Italia, compró el
escritor venezolano Miguel Otero Silva, incluyendo al espectro de su antiguo propietario deambulando de noche entre
los ambientes en busca de sosiego.

El séptimo cuento es "María dos Prazeres", la singular historia de la agonía de una trajinada prostituta lusitana de 76
años de edad que quiere ser enterrada en el panteón del Cerro de Montjuich, en Barcelona, al que ve como el lugar
donde nunca podrían alcanzarla aquellos fantasmas que la acosan desde niña: las aguas de las inundaciones. Después
sigue "Diecisiete ingleses envenenados", la fatalidad de una argentina de 72 años, la atormentada señora Prudencia
Linero, que viaja hasta Roma para ver al Sumo Pontífice, en lo que vendría a ser la cristalización de su último deseo, y
termina varada en Nápoles en medio de un mar de estupores. El otro cuento es "Tramontana", el retrato daliniano de
ese viento de tierra inclemente y tenaz de Cadaqués que, según piensan los nativos españoles y algunos escritores
escarmentados, lleva los gérmenes de la locura.

El décimo relato se titula "El verano feliz de la señora Forbes", la agridulce historia del choque de carácteres que
ocurre en la isla de Pantelaria, en el extremo meridional de Sicilia, entre dos niños colombianos de siete y nueve años y
una singular institutriz alemana empeñada en inculcarles, a la fuerza, los hábitos más rancios de la sociedad europea.
Luego sigue "La luz es como el agua", la imagen fantástica de dos niños de Cartagena de Indias que, con un bote de
aluminio y en compañía de sus amigos de la escuela, se ahogan en medio de una cascada de luz en una casa situada en
el quinto piso del Paseo de la Castellana, en Madrid. El último cuento es "El rastro de tu sangre en la nieve", el
amargo vía crucis de Nena Daconte y Billy Sánchez de Avila, una pareja de jóvenes colombianos adinerados recién
casados, por tierra francesa a bordo de un Bentley convertible, donde al final ella muere desangrada a raíz de una
herida casi imperceptible que tenía en el dedo de su anillo de bodas y él, por las artimañas racionalistas de un mundo
que no alcanza a comprender, no puede ni siquiera asistir a su velorio estando alojado en un hotel ubicado a la vuelta
del hospital.


Exilio y nostalgia

Una lectura más atenta de esa sinfonía de la memoria que se desata al abrir Doce cuentos peregrinos nos
demuestra que, detrás del enorme esfuerzo desplegado por García Márquez para fascinarnos e
interesarnos, también subyacen otras preocupaciones más profundas y complejas, como el exilio y la
nostalgia del exilio, que son entrevistas aquí en medio de una mezcla de realidad y de ficción, de
recuerdos y de invenciones, en donde ni el mismo autor puede precisar dónde comienza una cosa y dónde
termina la otra.

Esta situación es la que determina que García Márquez caiga, a veces, en algunos extremos narrativos
igualmente divertidos y fascinantes. Por momentos, da la impresión que estuviera peleando contra los
meandros del recuerdo para sacar a flote episodios de su vida aprisionados entre una novela y otra, un
viaje de ida y otro de vuelta, y que algunos de sus cuentos fuesen el pretexto que en realidad buscaba para
adelantarnos ciertas páginas de su memoria o autobiografía. Este fenómeno se aprecia particularmente en
"Me alquilo para soñar", en donde los párrafos más logrados son aquellos que dedica a rememorar su
encuentro en Barcelona con el gran vate chileno Pablo Neruda. En cambio, en otras circunstancias parece
que estuviera completamente alejado del reino de sus recuerdos y se hubiera entregado al arte de fabular
por fabular, de saltar de una dimensión imaginaria a otra totalmente fantástica, y de convertir lo
improbable en probable. Eso es lo que se advierte sobre todo en "La luz es como el agua", en donde la
imagen fantástica de esos niños ahogados en medio de una cascada de luz en una casa ubicada en el
madrileño Paseo de la Castellana nos hace recordar a esa otra imagen igualmente fantástica del hallazgo
del galeón en medio de la selva de la primera página de Cien años de soledad.


El Viejo y el Nuevo Mundo

Pero, en la mayoría de los relatos que integran Doce cuentos peregrinos, García Márquez logra un buen
equilibrio entre la realidad y la ficción, sobre todo cuando nos narra esas anécdotas fantásticas que le
ocurren en Europa a un puñado de latinoamericanos complejos, calenturientos y singulares que, como
Homero Rey de la Casa, Lázara Davis, Margarito Duarte, "Frau Frida", María de la Luz Cervantes,
María dos Prazeres, Prudencia Linero, los niños que bregan con la señora Forbes, Nena Daconte o Billy
Sánchez de Avila, sufren el trance del desarraigo y viven (o se encuentran de paso) en un territorio que le
es ajeno y hasta hostil. Bajo este punto de vista, cualquier lector zahorí puede descubrir el común
denominador que se encuentra en la base de todos estos cuentos: casi todos los protagonistas proceden de
esa tierra donde aún se siente el hervor de la mezcla de razas, religiones y naciones, y arrastran la visión
de un mundo regulado por una lógica diametralmente distinta de la que impera en los lugares donde
ocurren las historias.

Desde ese aspecto, el libro de cuentos de García Márquez también constituye una llamada de atención
sobre el deterioro de las relaciones entre el Viejo y el Nuevo Mundo. De ahí que Europa y sus habitantes
sean presentados, la mayoría de las veces, como el lugar donde "uno puede morirse de sed sin encontrar a
nadie que le dé gratis un vaso de agua" y como personas excesivamente "incrédulas", que a veces se
enfrentan con los latinoamericanos que no atinan a "descifrar los enigmas de ese mundo fundado en el
talento de la cicatería" ni a comprender sus "artimañas racionalistas". Este temperamento se percibe con
bastante nitidez en "Diecisiete ingleses envenenados", "Tramontana", "El verano feliz de la señora Forbes"
y "El rostro de tu sangre en la nieve", en donde los latinoamericanos y los europeos entablan una relación
bastante conflictiva y por momentos parece que no hubiera ninguna alternativa de conexión. Incluso, en
uno de estos cuentos -"Tramontana"-, el encuentro entre un grupo de once jóvenes suecos, que no creían
en la maldición del viento de la locura de Cadaqués, y un muchacho caribe de veinte años, que le tenía un
pavor de los demonios a dicho viento, termina con la muerte del último cuando los primeros tratan de
llevarlo a la fuerza a Cadaqués "con la pretensión europea de aplicarle una cura de burro a sus
supercherías africanas".


Un canto a la solidaridad

Los cuentos de García Márquez también pueden ser leídos, por último, como una especie de canto a la
tenacidad y la solidaridad de muchos de esos latinoamericanos humildes y sencillos que andan por
Europa. Esta situación resulta bastante evidente en "La Santa", pues al final uno no sabe a quién en
realidad debe beatificar el Sumo Pontífice: ¿al cadáver incorrupto de la hermosa niña o a ese personaje
estoico y tenaz que se llama Margarito Duarte? Una situación similar se aprecia en "Buen viaje, señor
presidente". En este cuento, la luz de la solidaridad se enciende conforme se acaba ese juego de espejos
que en un principio nos presenta como héroe al viejo presidente derrocado y nos muestra a Lázara Davis
y Homero Rey de la Casa como un par de ambiciosos empedernidos, pero al final nos revela cuál es en
verdad la insoportable levedad del ser de cada uno de estos personajes: mientras la singular pareja de
esposos, haciendo gala de los buenos corazones que siempre tuvieron, terminan ayudando al que
quisieron esquilmar y echan mano a sus magros ahorros para terminar de costear una inútil operación, el
ex mandatario echa por la borda sus promesas de no volver a degustar la miel del Poder y vuelve al redil.



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