Landelius o el solitario placer de la traducción
Por Blanca Elena Pantín


Vinculado a Latinoamérica desde los años setenta, Peter Landelius es uno de los traductores claves de la
literatura continental al sueco. En Venezuela pocos conocen esta faz del Embajador de Suecia, que
reparte su tiempo entre las tareas diplomáticas y la literatura, una vocación que lo ha llevado a traducir a
Gabriel García Márquez (El amor en tiempos del cólera, Crónica de una muerte anunciada, La
hojarasca y El olor de la guayaba
); Ernesto Sábato (Sobres héroes y tumbas); César Vallejo (Obra
Poética
); Julio Cortázar (Rayuela) y Jesús Díaz (Las iniciales de la tierra) y emprender junto a su
esposa, Nancy Julien, el vasto proyecto de una antología de poesía caribeña.

Autor de una novela (Tithonos) con la que obtuvo el Premio de la editorial Prisma (Estocolmo), varios
libros de ensayo político y otros tantos de poesía inédita, fundó la colección El Dorado, una aventura
editorial que aún cuando no sobrevivió a los seis títulos, incluyó entre estos Un mundo para Julius de
Alfredo Bryce Echenique.


El interés por lo hispanoamericano

Con todo, y a pesar de que podría pensarse en una especialización fundada en lo académico, Landelius
llega a la traducción de autores de habla hispana un poco por azar y otro tanto por desafío. Siendo
estudiante de Derecho en la Universidad de Uppsala leyó una traducción de Veinte poemas de amor y
una canción desesperada
hecha por un conocido poeta sueco que no le convencía demasiado ("la
traducción confundía cocodrilos por paraguas y cosas así", se refiere con humor). Entonces, conociendo
un poco de español, hizo una traducción del libro de Pablo Neruda entregándola sin mucha confianza a
una editorial. A los pocos días lo llamaron.

"Se editó y creo que con bastante éxito. Pasó un tiempo y luego a mediados de los ochenta, traduje, por
solicitud de un editor, un libro de Juan Marsé. Así me gané la tarjeta de entrada en el mercado de las
traducciones. Desde entonces soy yo quien decide qué traducir. Es una posición de fuerza", sonríe.

Lo es, no cabe duda. Ahora es el traductor al sueco de García Márquez permitiéndose confesarle al autor
de Cien años de soledad que traducir sus libros no presentaba mayor dificultad.

"Cuando le dije eso, el Gabo se sintió ofendido y escribió un largo artículo en El País diciendo que su
obra supone muchas complejidades y tramas que los traductores no sospechan. Gabo entendió mal: es
imposible que uno se equivoque con un escritor que escribe tan requete bien, con tanta certeza, seguridad
y autoridad tan grande".

Esa teoría explica que haya traducido, por ejemplo, a Rayuela de Cortázar o Sobre héroes y tumbas de
Ernesto Sábato.

"Me hubiera encantado traducir a Vargas Llosa y Carlos Fuentes pero ya los tienen monopolizados".

Un autor lo tienta: Fernando del Paso. "Ganará el Nobel en cualquier momento", asevera, "pero ningún
editor sueco quiere arriesgarse a publicar Palinuro de México, son obras monumentales y no están
seguros de cubrir los costos".


Traducir es un arte

"El quid de la traducción es conocer bien la propia lengua. Los idiomas no tienen la misma estructura y
por eso el español presenta algunas dificultades al elevarse a lenguas germánicas; pero si uno conoce bien
su trabajo no cae en trampas. Puede ser que a los suecos nada les diga el verso El domingo que brilla en
las orejas de mi burro
de Vallejo, pero uno puede trasmitir eso que el autor quiso decir".

A Trilce, una palabra creada por Vallejo (su obra poética remite a un léxico del alma) la tradujo como una
combinación de triste y dulce, una propuesta que se acerca al humano universo de ese libro del poeta
peruano.

"El español es un idioma muy rico que en parte se debe a una cultura que tiene una cierta traducción
barroca. Lo que hace el traductor es tratar que su estructura mental se corresponda con la del escritor".
No siempre se logra. Es decir, no siempre se comprende el tono de la obra.

"Ocurrió con la traducción de Un mundo para Julius, un libro precioso pero la traductora, que hizo un
muy buen trabajo por lo demás, no captó el tono irónico de Bryce que es tan importante para
comprenderlo. Hizo una traducción muy buena pero sentimental y Un mundo para Julius no es un libro
sentimental. El estilo y el cómo lo son todo en la traducción".


Rayuela

La traducción, evoca, puede llevar a encuentros sorprendentes. "Durante los años de la dictadura en
Argentina yo estaba como encargado de negocios de Suecia en Sofía, Bulgaria, y de pronto, un día, me
llama el embajador de Argentina. Muy friamente le respondí: Estoy muy ocupado con la traducción de un
cuento de Cortázar sobre la tortura en Argentina. Yo creo, colega, que sobre eso tenemos la misma
opinión, ¿por qué no viene a almorzar y hablamos de eso?". De ahí salió un contacto que me llevó a otros
libros de Cortázar.

Al autor de Bestiario lo conoció en los años finales de su vida. Era un tipo encantador, acota. "Era,
además, un excelente traductor" (cierto, su traducción de Memorias de Adriano de Margarite Yourcenar,
es una obra maestra).

"Para la traducción de Rayuela consulté a varios amigos argentinos que me facilitaron un diccionario
lunfardo. El problema es que Cortázar, como Vallejo, inventa palabras y palabras en lunfardo. En ese
caso a uno no le queda otro camino que inventar también palabras y esperar que más o menos se
correspondan. A Cortázar le seguí sus juegos".

Algunos escritores se preocupan pensando en las dificultades que para los traductores suponen esos
traslados lingüísticos. "Conozco a varias de mis víctimas pero no siempre entienden en qué consiste el
problema. Yo he recibido larguísimas cartas de Sábato explicándome cosas que no necesitan explicación;
otras que de pronto sí lo requerían, él no se daba cuenta. El escritor no necesariamente es la autoridad
sobre estos problemas. Hay gente que creen que se pueden hacer traducciones con máquinas
computadoras y eso es imposible porque la máquina no puede traducir sutilezas, las diferencias de
significado que pueden existir entre palabras que se tienen por sinónimos".

Sostiene, como Alvaro Mutis, que no existen los sinónimos: "Lo que hace el traductor ante la
imposibilidad de encontrar palabras exactas, es tratar de conservar sabores, asociaciones, referencias. La
traducción es un ejercicio tan subjetivo que pueden ser múltiples: no hay una traducción correcta, sino
varias posibles".

Cita el caso de la traducción de poesía: "Lo ideal, apunta, es publicar ediciones bilingües para que el lector
tenga las dos versiones y pueda darse el gusto de descubrir el sonido de las palabras, cotejar el original y
la traducción y advertir la recreación que subyace en esa última".

"Trabajo solitario, placer secreto", la traducción le ha servido, de algún modo, de sustitución de creación
propia.


Borges

Piensa que habría que revisar lo que se ha hecho con la obra de Jorge Luis Borges. "No lo traduje porque
cuando llegué a la mesa ya era plato comido", se ríe. Al confesar que le gustaría traducir alguno de sus
libros da fe de que si Arthur Lundqvist (el implacable miembro de la Academia Sueca) le negó el Nobel a
Borges no fue por razones políticas: "Eso me consta. Siempre me dijo que de Borges sólo le gustaban sus
primeros libros de poemas y que el resto no le interesaba. Arthur era un hombre de izquierda, progresista,
pero no era fanático. Uno de sus poemas más célebres dice: Estoy con los revolucionarios, siempre que
no alcancen sus metas
. Políticamente la Academia puede definirse más bien como conservadora. No le
otorgó el premio a Borges pero se lo otorgó a Octavio Paz. De Lundqvist se podría decir que es un artista
anarquista".

Confeso apasionado de la literatura y sus laberintos, muestra un mapa de Estocolmo en que la ciudad se
abre a las aguas del Báltico.



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