Radiografiando al Che Guevara
Entrevista con Jorge Castañeda
C
on el hallazgo de los restos de Ernesto Che Guevara, muerto en 1967 a manos del ejército boliviano, la figura del médico argentino que tuvo una decisiva participación en la Revolución Cubana volvió a cobrar actualidad; actualidad respaldada, además, por la aparición de nuevos y reveladores estudios biográficos de este personaje que se ha convertido, qué duda cabe, en todo un icono. Uno de ellos es La vida en rojo, de Jorge Castañeda, un libro agudo y penetrante que, entre otras virtudes, nos brinda acceso a diversas fuentes desconocidas hasta hoy y, por lo tanto, a una imagen más completa y desapasionada del Che. La revista Quehacer, de Perú, conversó con su autor, quien estuvo de paso por Lima a comienzos de 1998, como ponente invitado al importante evento "En el umbral del milenio". Aquí el diálogo.
¿Cuándo oíste hablar por primera vez del Che Guevara?
Recuerdo haber visto una nota periodística allá por 1966, en una revista mexicana que se llamaba Tiempo. Yo tenía en ese entonces doce o trece años. Era un artículo que se titulaba "¿Dónde está el Che?". Por supuesto, yo no tenía ni idea de Guevara, pero leyendo ese artículo supe que Guevara había salido de Cuba en abril de 1965 y que a partir de ahí nadie sabía donde estaba.
¿Y cuándo llegas a saber quién era realmente el Che?
Cuando muere. Ahí tenía ya una idea un poco más clara. Una amiga peruana de mi madre trajo a casa una grabación del discurso de Fidel Castro en la velada fúnebre que se organizó en Cuba, en octubre del 67. En ese momento era prácticamente imposible no saber quién era o había sido el Che. Tenía ya catorce años.
¿Cómo surge la idea de escribir una biografía de Guevara? ¿Qué te motivó a emprender un trabajo de esta naturaleza, teniendo en cuenta que sobre el Che ya existía una copiosa bibliografía?
Yo estaba convencido de que pese a que se habían escrito decenas de biografías sobre el Che, había mucho más que descubrir, decir y analizar. Ten en cuenta que entre esas biografías y este libro que he publicado hay veinticinco años de diferencia, y que en ese tiempo han aparecido nuevos documentos, nuevos testimonios, nuevo material sobre Guevara. Otra motivación, quizá más importante, es que el mundo ha cambiado radicalmente. No niego que se pueda escribir hoy una biografía del Che como si estuviéramos en los años sesenta, pero quienes hemos crecido con nuestro tiempo, tenemos una mirada distinta sobre la Revolución Cubana y la figura de Guevara, una mirada muy distinta a la que existía en aquel momento.
Una mirada más descreída...
Más descreída... Otros dirán más cínica, más equilibrada; en fin, una mirada diferente. Yo tenía, en todo caso, la necesidad de efectuar un balance mucho más específico de Ernesto Guevara y su tiempo.
¿Qué rescatarías de las ideas de Guevara?
En cuanto a sus ideas, prácticamente ninguna. Guevara fue un hombre que respondió a los problemas de su momento con enorme inteligencia, con una gran sensibilidad, con un bagaje cultural muy sólido. El problema está en que sus ideas se anclaron en su tiempo, y por ello no han trascendido las coyunturas, salvo que se miren las ideas de Guevara como parte de un programa ideológico colectivo. La historia ha demostrado que fue un error, por ejemplo, el hecho de que la industria cubana se reconcentrara en el azúcar, pero esas no eran ideas del Che, sino parte de las propuestas más generales de la CEPAL. Las tesis económicas del Che no son, pues, muy originales que digamos. Lo que sí hay es un debate abierto, y no sé si pertinente, en cuanto a si los valores del Che deben trascender su tiempo o no. Lo que sí rescataría del Che es su ética política, que fue ejemplar. Pocas personas como él hicieron lo que dijeron con absoluta consecuencia y honestidad; siempre hubo una gran concordancia entre sus ideas políticas y su práctica política, eso es incuestionable. Pero este es un terreno muy complejo, ¿no? No se pueden definir los "buenos" valores de Guevara si los separamos de su reverso: el autoritarismo, la jerarquía militar, la imposición de ideas a los otros, etcétera.
¿Esa ética ejemplar bastaría entonces para explicar el fervor que todavía despierta Guevara en mucha gente? Lo digo a propósito del descubrimiento de sus restos y, entre otras razones, porque su nombre suscita muchas cosas, incluso entre quienes no saben muy bien quién fue Guevara.
Bueno, los que desfilaron ante su féretro en Cuba, sí saben bien de quién se trata, y lo hicieron en un acto de conmemoración de los momentos más épicos y gloriosos de una revolución que, lamentablemente, se desvió de sus propósitos originales. Ahora, hay quienes evocan su figura sin tener ninguna consecuencia, ninguna coherencia con sus propias ideas políticas. A mí me parece que las ideas de Guevara ya están completamente desfasadas, y en un contexto como el actual no tienen ninguna vigencia. Pero si yo pensara que sus ideas tienen vigencia, pues me correspondería estar en otra cosa. En cuanto a los jóvenes que tienen polos del Che o afiches de Guevara en sus habitaciones, creo que ahí la identificación es más etérea, más relacionada con cierta idea de libertad y de cambio, pero no en un contexto ideológico claro. Sin embargo, soy de la idea de que ese culto irá desapareciendo paulatinamente.
¿Cómo cambió tu percepción del Che a medida que fuiste escribiendo el libro?
En primer lugar, escribir La vida en rojo me mostró el lado humano de alguien que se maravilló con la Revolución Cubana. Al hacer este libro me di cuenta de que el coraje, la valentía, la inteligencia de Guevara, convivieron también con sus errores.
¿Pero, quién es realmente el Che?
Supongo que la suma de lo que cuentan otros y lo que cuento yo en este libro. No es un hombre misterioso ni enigmático; es alguien que se distinguió, más bien, por la transparencia en todos los órdenes de su vida. Un hombre producto de su tiempo y, por lo mismo, incomprensible fuera de él. Un hombre extraordinariamente sensible que fue rebasado por su propio destino. Sus causas en el Congo y en Bolivia francamente estaban fuera de toda lógica, pero esa desproporción no sólo es conmovedora, sino también da cuenta del tremendo afán de Guevara por incidir en la realidad, aunque parezca una locura decirlo. Pensar en encender una revolución por todo el continente empezando con cincuenta hombres en Bolivia no es precisamente un acto de cordura, ¿o sí?
Resulta inevitable, al hablar de Guevara, referirse a Fidel Castro. ¿Cuál sería tu crítica más dura hacia Castro y qué elogiarías en él?
El elogio que le haría, a pesar de que la mística de la RevoluciónCubana ya se perdió hace mucho tiempo, es que se trata de un político fuera de serie, por más antipática que nos pueda resultar su presencia en el poder. Lo considero el líder político latinoamericano más sensible, más astuto, más extraordinario de la segunda mitad de este siglo, si no de todo el siglo. Su genio político es impresionante, sin importar si al servicio de buenas o malas causas; ese es otro problema. La crítica que le haría es que por su propio esfuerzo, y por la manera como se desarrolló la historia, se gestó una identificación completa entre la revolución y él, pero él fue quien la promovió, y nunca hizo el menor esfuerzo por contrarrestar esa situación.
Un interés personal muy claro, que tal vez se antepuso a cosas másurgentes para el pueblo cubano...
Así es, un interés personal que él mismo alimentó. Eso ha hecho que la Revolución y él sean inseparables. Esto nos coloca en una situación aberrante, que consiste en la imposibilidad de defender la autonomía y la independencia cubana sin tener que defender, aunque nos pese, la permanencia de Castro en el poder; algo paradójico de por sí. Resulta complicado, pues, abogar por democracia en México o el Perú y al mismo tiempo tomar partido favorable por Castro y por Cuba, ya que eso encierra una contradicción implícita.
Y ni siquiera existe certeza sobre cómo terminarán Castro y su régimen.
No en concreto. Pero sí podemos decir que todo termina por saberse. Algún día Fidel Castro va a morir, el régimen se va a acabar y se van a saber muchas cosas.(La Hoja Latinoamericana. Nr.2, Uppsala, sep.-oct. de 1998)